La dramática situación del empleo en el continente

Hay alto desempleo y de larga duración, y aumento de la ocupación, pero con bajo crecimiento de la productividad y de los salarios. Así­ lo resumen un trabajo de Jorge Correa que hoy publica el diario colombiano Portafolio.

La calidad precaria y el aumento de la informalidad del trabajo son otros aspectos del diagnóstico sobre el mercado laboral en Amércia Latina que Carmen Pagés, economista del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), encontró en el más reciente Reporte de Economí­a y Desarrollo de la Corporación Andina de Fomento (CAF) y que no dudó en calificar de ‘aterrador’.

El mercado de trabajo latinoamericano se desenvuelve, a pesar de los esfuerzos por mejorar los indicadores sociales, en medio de elevados niveles de pobreza de gran parte de su población y de la peor distribución de ingresos del mundo.

De acuerdo con ‘Oportunidades en América Latina Hacia una Mejor Polí­tica Social’, como se titula el informe de la CAF presentado la semana pasada en Bogotá, la posibilidad de los más pobres de ascender en la escala económica y social es muy limitada, debido a que están atrapados en las trampas de la pobreza.

Por lo tanto, el objetivo prioritario de las polí­ticas públicas, planteado por el economista jefe de la CAF, Miguel Castilla, es romper con esas trampas mediante estrategias que activen la movilidad social, en la cual la educación juega un papel determinante. Además, hacer más eficiente el gasto público y focalizarlo en las personas más necesitadas, es decir, en los pobres. Solo el crecimiento económico puede propiciar el alcance de ese logro.

Pocas oportunidades

La movilidad social la define el economista Jefe de la CAF como la capacidad de romper con las trampas de la pobreza o cí­rculos viciosos intergeneracionales de los que los hogares no logran salir debido a las dificultades que tienen para acumular activos fí­sicos y/o humanos que les permitan superar esa condición.

Una persona que nace pobre tiene escasas oportunidades para su superación y movilidad social a lo largo de su existencia“, sentencia el reporte de la entidad.

¿Qué es lo que muestra el estudio de la CAF sobre el mercado laboral que aterró a Carmen Pagés? El caso colombiano es que entre 1990 y el 2004 la tasa promedio de desempleo estuvo por encima de 12 por ciento, la más alta de la región (este ‘liderazgo’ se mantiene para la desocupación urbana, según un reciente informe de la Organización Internacional del Trabajo.

Igualmente, que entre 1990 y el 2001 en Colombia, Argentina, Bolivia y Venezuela más del 25 por ciento de los desempleados estuvieron sin trabajo por perí­odos superiores a seis meses (en Colombia, para el lapso 1990-1999, cerca de la tercera parte de los desocupados mantuvo esta situación por 12 meses o más. Para perí­odos más recientes, la duración promedio del desempleo se ha reducido notablemente, según el Departamento Nacional de Planeación).

Crece la informalidad

La informalidad laboral es otro de los grandes lastres de la región en los que Colombia también sale mal librado: de 74,7 por ciento en 1992 subió a 75,1 por ciento en el 2004 cuando se le mide como ausencia de contribuciones a la seguridad social (en los últimos meses este indicador puede haber mejorado como consecuencia de la aplicación de la Planilla Integrada de Liquidación de Aportes a la seguridad social, aunque para el decano de Economí­a de la Universidad de los Andes, Alejandro Gaviria, fue de 78 por ciento en el 2007).

El crecimiento promedio de la productividad laboral entre 1990 y el 2004 de Colombia no solo fue muy baja sino que apenas sí­ superó a México, a Ecuador y Venezuela (en estos dos últimos fue negativa), por debajo de Brasil, Perú, Argentina y Chile, para solo nombrar a los latinoamericanos.

No obstante, el informe de la CAF presentado por Castilla señala que de los paí­ses de la región con estadí­sticas disponibles solo con Colombia y Chile han registrado crecimientos del salario real por encima del 1 por ciento anual en los últimos años.

En pensiones, advierte que la imposibilidad de un ciudadano, particularmente si es pobre, de recibir una pensión al llegar a una edad avanzada, puede generar una carga importante sobre los integrantes más jóvenes del hogar, lo que su vez no solo reduce el bienestar de toda la familia sino que incluso limita sus posibilidades de desarrollo.

Pocos con seguridad social

La situación del mercado laboral determina que más o menos trabajadores, asalariados o no, aporten a un régimen de pensiones. La pobreza, la desocupación, la informalidad, los empleos precarios y otros aspectos juegan en contraví­a de un sistema previsional para la vejez.

Por ello, Miguel Castilla señala que las polí­ticas públicas que persigan el objetivo de una mayor movilidad social, especialmente de los sectores menos favorecidos de la población, deben focalizarse en la generación de empleos de calidad, en la dotación de capacidades para romper la reproducción intergeneracional de la pobreza, en un mayor acceso para todos los servicios básicos y en una mayor cobertura pensional en la vejez, entre otros objetivos.

Jorge Correa C. – Portafolio