Trabajadores en China protestan para exigir respeto a sus derechos

Foto tomada el 29 de marzo del 2006 de una obrera china trabajando en una fábrica de medias en Yiwu, China. Por primera vez, los obreros chinos le están marcando sus lí­mites a las compañí­as que han usado su mano de obra barata durante años y el gobierno comunista parece estar de acuerdo. (Foto AP/Eugene Hoshiko)

En medio de fuertes presiones para mantener bajos sus costos, fabricantes de todo el mundo han confiado durante años en los millones de trabajadores chinos que hacen sus productos por salarios bajos.

En los últimos tiempos, sin embargo, los obreros han comenzado a marcarle lí­mite a las compañí­as.

Varias protestas recientes de trabajadores y la reacción del gobierno chino a una ola de suicidios en una fábrica de aparatos electrónicos parecen mostrar que los lí­deres comunistas, al menos tácitamente, están de acuerdo.

A fines de mayo, el máximo lí­der del Partido Comunista en la provincia de Guangdong, Wang Yang, visitó la enorme planta de Foxconn Technology, fabricante de productos de gigantes occidentales como Apple, Dell y Hewlett-Packard, donde diez trabajadores se han suicidado. Wang urgió a la compañí­a a implementar un “ambiente de trabajo mejor, más humano” para sus empleados, la mayor parte de ellos jóvenes, informaron medios oficiales.

“Los trabajadores de las generaciones de los 80 y 90 necesitan más cuidados y respeto y necesitan ser motivados para trabajar con entusiasmo”
, dijo el funcionario, que ha apoyado iniciativas para que Guangdong dependa menos de las exportaciones de productos baratos y poco avanzados.

Esta transición está sucediendo en toda China. Los fabricantes, bajo la presión de ofrecer bajos costos, tienen problemas para encontrar y retener trabajadores jóvenes. Estos, criados en una época de relativa prosperidad, ya no están tan dispuestos como sus antecesores a tragarse la amargura de los salarios bajos y los ambientes de trabajo miserables.

Las empresas de Shanghai se quejan de que no encuentran suficientes obreros jóvenes, calificados o no
. Los contratistas que necesitaban terminar las obras de la Exposición Mundial de Shanghai debieron pagar bonificaciones altas a sus trabajadores para que no se fueran durante las vacaciones del Año Nuevo lunar. A fines de mayo, una fábrica de autopartes de Honda llevaba dos semanas paralizada por una huelga en busca de aumentos de salario.

China prohí­be que los trabajadores se sindicalicen sin autorización, por lo que las únicas organizaciones permitidas son la Federación de Sindicatos de Oficios de Toda China y las filiales del Partido Comunista en cada compañí­a.

Sin embargo, en los últimos años, las autoridades parecen tolerar cada vez más protestas pací­ficas y esporádicas. En el delta del rí­o Yangtzé, cerca de Shanghai, las sentadas de protesta y otras manifestaciones son comunes, aunque pocas veces aparecen en los medios estatales.

A inicios del 2008, China aprobó la Ley de Contratos Laborales, que fijó estándares para contrataciones, despidos y el uso de trabajadores temporales, entre otras condiciones, y generó conciencia entre los empleados de sus derechos. En el siguiente año, el número de conflictos laborales se duplicó, según un estudio del Foro Internacional de Derechos del Trabajo.

El informe, divulgado en mayo, determinó que las compañí­as que no habí­an cumplido con las reglas laborales anteriores a la ley debieron pagar un promedio de 33% de aumentos salariales al ser aprobada la nueva legislación.

Aún así­, gran parte de los trabajadores —más de la mitad en algunas regiones— siguen sin contratos válidos.

“Los salarios han venido aumentando en los últimos años, pero comparados con los precios, que se han disparado, permanecen muy bajos”, dijo el activista Li Qiang, fundador del Observatorio Laboral de China, con sede en Nueva York.

“El gobierno reconoce el problema. Por eso, aunque las huelgas siguen siendo ilegales, algunas se permiten tácitamente. Claro que las huelgas y protestas tienen que respetar ciertos lí­mites”, dijo.

Las condiciones de trabajo varí­an mucho en las diferentes partes del paí­s: hay fábricas modernas como las de paí­ses occidentales y edificios de calor sofocante donde se trata a los obreros como esclavos. Hace poco, la policí­a de la provincia norteña de Hebei liberó a 34 migrantes cautivos en uno de éstos, según el diario estatal China Daily.

Foxconn anunció que instalarí­a redes de seguridad en sus edificios y contratarí­a más psicólogos para su fábrica de 300.000 empleados en Shenzhen. Esta ciudad industrial de Guangdong, cerca de Hong Kong, fue el epicentro original de la migración de mano de obra barata en los años 80 y 90.

La fábrica tiene lí­neas de ensamblaje con aire acondicionado, calles bordeadas de palmeras, restaurantes de comida rápida e instalaciones de entretenimiento. Pero hay activistas que acusan a la compañí­a de usar un estilo militar para manejar a sus trabajadores, mantener lí­neas de producción demasiado rápidas y cargas laborales excesivas que deshumanizan a los empleados. Muchos de éstos son adolescentes y veinteañeros que por primera vez viven lejos de sus familias.

Foxconn, la contratista más grande del mundo en fabricación de aparatos electrónicos, rechazó las acusaciones.

El conflicto en Foxconn es para muchos observadores en China una lección para los gerentes que buscan seguir compitiendo en el mercado global del siglo XXI y al mismo tiempo atraer a trabajadores jóvenes con expectativas diferentes.

“El incidente de Foxconn muestra un gran problema: las personas no son máquinas”
, escribió Jin Bei, jefe del instituto de investigación industrial de la Academia China de Ciencias Sociales, en una columna reciente en el diario económico China Business Journal.

Las mejoras en la calidad de vida y en la “dignidad individual” obligan a las compañí­as a tratar bien a los trabajadores aún cuando la competencia global se intensifica, agregó Jin.

“De no ser así­”, advirtió, “tragedias y crisis como éstas serán inevitables”.

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El investigador de The Associated Press Ji Chen contribuyó a este despacho.

Por ELAINE KURTENBACH
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