Cubanos esperan ansiosos la venta de casas

Foto: REUTERS/Desmond Boylan

La Habana.- José es un ansioso “casi empresario” con grandes planes para los bienes raí­ces cubanos. Trabaja ahora ilegalmente en las permutas, casando a familias que quieren intercambiar sus casas y pagar un pequeño extra por las mejoras.

Pero cuando Cuba legalice la compraventa a fines de este año —como volvió a prometer el gobierno esta semana— José y muchos otros esperan una cascada de cambios: precios más altos, mudadas en masa, impuestos a la propiedad y una avalancha de dinero de los cubanos que viven en Estados Unidos y alrededor del mundo.

“Va a haber una enorme demanda”, dijo José, que declinó dar su apellido. “Ha estado prohibido por mucho tiempo”.

La propiedad privada es el núcleo del capitalismo, por supuesto, de modo que el plan de legitimizarla aquí­, en un paí­s donde las consignas como “socialismo o muerte”, deja boquiabiertos a muchos cubanos. En realidad, mucha gente espera regulaciones onerosas y, de hecho, el plan esbozado en la prensa estatal suprimirí­a el mercado al limitar a los cubanos a una casa o apartamento, y requerir la residencia permanente.

Pero aun con algún control estatal, las ventas de propiedades pudieran transformar a Cuba más que cualquier otra reforma anunciada por el gobierno de Raúl Castro, algunas de las cuales fueron enunciadas en la Asamblea Nacional el lunes. En comparación con los cambios que ya han sido aprobados (más empleo por cuenta propia y propiedad de celulares), o propuestas (venta de carros o reglas migratorias menos severas), “nada es tan grande como esto”, afirma Philip Peters, analista del Lexington Institute.

Las oportunidades de ganancias y préstamos serí­an mucho más grandes que lo que las pequeñas empresas de Cuba ofrecen, dicen los expertos, lo que podrí­a crear las disparidades de riquezas que han acompañado a la propiedad privada en lugares como Europa del Este y China.

La Habana, en particular, puede encontrarse en camino de una vuelta en el tiempo, hacia la época en que era una ciudad más segregada por clases.

“Habrá una gran reorganización”, dijo Mario Coyula, director de urbanismo y arquitectura en La Habana de los años 70 y 80. “Va a haber una subida en la categorí­a de algunos vecindarios”.

A esto podrí­an seguirle efectos más amplios. Las ventas alentarí­an las muy necesarias renovaciones, creando puestos de trabajo. La banca se ampliarí­a, ya que, según las normas recientemente anunciadas los pagos provendrí­an de las cuentas de los compradores. Mientras tanto, el gobierno, que posee todas las propiedades ahora, entregarí­a las casas y apartamentos a sus ocupantes a cambio de impuestos sobre las ventas –imposibles en el actual mercado de intercambio, donde el dinero pasa por debajo de la mesa.

Y luego está el papel de los emigrados cubanos. Si bien el plan parece prohibir la propiedad extranjera, los cubano-americanos podrí­an aprovechar de las regulaciones de la administración de Obama que permiten enviar tanto dinero como deseen a sus familiares en la isla, fomentando las compras y dándoles un interés en el éxito económico de Cuba.

“Eso es, polí­ticamente, un desarrollo extremadamente poderoso”, dijo Peters, argumentando que podrí­a generar cambios en las polí­ticas de ambas naciones.

Cortesí­a elnuevoherald.com

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